Los Atributos de Dios – La Soberanía de Dios
por
Arturo Pink
“Mi
consejo permanecerá, y haré todo lo que quisiere”
(Isaías
46:10)
La Soberanía de Dios puede definirse como el ejercicio de su
supremacía. Dios
es el Altísimo, el Señor del cielo y de la tierra
está exaltado infinitamente
por encima de la más eminente de las criaturas. El es
absolutamente
independiente; no está sujeto a nadie, ni es influido por nadie.
Dios actúa
siempre y únicamente como le agrada.
Nadie
puede frustrar ni detener sus propósitos. Su propia Palabra lo
declara explícitamente: “En el ejército
del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su
voluntad: ni hay
quien estorbe su mano” (Daniel 4:35). La soberanía divina
significa que
Dios lo es de hecho, así como de nombre, y que está en el
Trono del universo
dirigiendo y actuando en todas las cosas “según
el consejo de su voluntad” (Efesios 1:11).
Con
gran razón decía el predicador bautista del siglo pasado
Carlos Spurgeon,
en un sermón sobre Mateo 20:15, que: “ No hay atributo
más confortador para Sus
hijos que el de la Soberanía de Dios. Bajo las más
adversas circunstancias y
las pruebas más severas, creen que la Soberanía los
gobierna y que los
santificará a todos. Para ellos, no debería haber nada
por lo que luchar más
celosamente que la doctrina del Señorío de Dios sobre
toda la creación -el
reino de Dios sobre todas la obras de sus manos- El trono de Dios, y su
derecho
a sentarse en el mismo. Por otro lado, no hay doctrina más
odiada por la
persona mundana, ni verdad que haya sido más maltratada, que la
grande y
maravillosa, pero real, doctrina de la Soberanía del infinito
Jehová.
Los
hombres permitirán que Dios esté en todas partes, menos
en su trono.
Le permitirán formar mundos y hacer estrellas, dispensar
favores, conceder
dones, sostener la tierra y soportar los pilares de la misma, iluminar
las
luces del cielo, y gobernar las incesantes olas del océano; pero
cuando Dios
asciende a su Trono sus criaturas rechinan los dientes. Pero nosotros
proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer su propia voluntad
con lo
que le pertenece, a disponer de sus criaturas como a él le
place, sin necesidad
de consultarlas. Entonces se nos maldice y los hombres hacen
oídos sordos a lo
que les decimos, ya que no aman a un Dios que está sentado en su
Trono. Pero es
a Dios en su Trono que nosotros queremos predicar. Es en Dios, en su
Trono en
quien confiamos”.
Sí,
tal es la Autoridad revelada en las Sagradas Escrituras. Sin rival
en Majestad, sin límite en Poder, sin nada, fuera de sí
misma, que le pueda
afectar. “Todo lo que quiso Jehová, ha
hecho en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los
abismos” (Salmo
135:6).
No
obstante, vivimos en unos días en los que incluso los más
“ortodoxos”
parecen temer el admitir la verdadera divinidad de Dios. Dicen que
reconocer la
soberanía de Dios significa excluir la responsabilidad humana;
cuando la verdad
es que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía Divina,
y es el
resultado de la misma. “Y nuestro Dios
está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Salmo
115:3).
En su
soberanía escogió colocar a cada una de sus criaturas en
la
condición que pareció bien a sus ojos. Creó
ángeles: a algunos los colocó en un
estado condicional, a otros les dio una posición inmutable
delante de él
(1Timoteo 5:21), poniendo a Cristo como su cabeza (Colosenses 2:10). No
olvidemos que los ángeles que pecaron (2 Pedro 2:4). Con todo,
Dios previó que
caerían y, sin embargo, los colocó en un estado alterable
y condicional, y les
permitió caer, aunque El no fuera el autor de su pecado.
Asimismo,
Dios, en su soberanía colocó a Adán en el
jardín del Edén en
un estado condicional. Si lo hubiera deseado podía haberle
colocado en un
estado incondicional, en un estado tan firme como el de los
ángeles que jamás
han pecado, en uno tan seguro e inmutable como el de los santos en
Cristo.
En
cambio, escogió colocarle sobre la base de la responsabilidad
como
criatura, para que se mantuviera o cayera según se ajustase o no
a su
responsabilidad: la de obedecer a su Creador. Adán era
responsable ante Dios
(Dios es ley en sí mismo) por el mandamiento que le había
sido dado y la
advertencia que le había sido hecha. Esa era una responsabilidad
sin menoscabo
y puesta a prueba en las condiciones más favorables.
Dios
no colocó a Adán en un estado condicional y de criatura
responsable
porque fuera justo que así lo hiciera. No, era justo porque Dios
lo hizo. Ni
siquiera dio el ser a las criaturas porque eso fuera lo justo, es
decir, porque
estuviera obligado a crearlas; sino que era justo porque El lo hizo
así.
Dios
es soberano. Su voluntad es suprema. Dios, lejos de estar bajo una
ley, es ley en sí mismo, así es que cualquier cosa que
él haga, es justa. Y ¡ay
del rebelde que pone su soberanía en entredicho! “¡Ay
del que pleitea con su Hacedor, siendo nada mas un pedazo de
tiesto entre los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al
que lo labra: Qué
haces?” (Isaías 45:9).
Además,
Dios es Señor, como soberano, colocó a Israel sobre una
base
condicional. Los capítulos 19, 20 y 24 de Éxodo ofrecen
pruebas claras y
abundantes de ello. Estaban bajo el pacto de las obras. Dios les dio
ciertas
leyes e hizo que las bendiciones sobre ellos, como nación,
dependieran de la
observancia de las tales. Pero Israel era obstinado y de corazón
incircunciso.
Se rebelaron contra Jehová, desecharon su ley, se volvieron a
los dioses falsos
y apostataron. En consecuencia, el juicio divino cayó sobre
ellos y fueron
entregados en las manos de sus enemigos, dispersados por toda la
tierra, y
hasta el día de hoy, permanecen bajo el peso del disfavor de
Dios.
Fue
Dios, quien en el ejercicio de su soberanía, puso a
Satanás y a sus
ángeles, a Adán y a Israel en sus respectivas posiciones
de responsabilidad.
Pero, en el ejercicio de su soberanía, lejos de quitar la
responsabilidad de la
criatura, la puso en esta posición condicional, bajo las
responsabilidades que
él creyó oportunas; y, en virtud de esta
soberanía, El es Dios sobre todos. De
este modo, existe una armonía perfecta entre la soberanía
de Dios y la
responsabilidad de la criatura. Muchos han sostenido equivocadamente
que es
imposible mostrar donde termina la soberanía de Dios y empieza
la
responsabilidad de la criatura. He aquí donde empieza la
responsabilidad de la
criatura: en la ordenación soberana del creador. En cuanto a su
soberanía, ¡no
tiene ni tendrá jamás “terminación"!
Vamos
aprobar aún más, que la responsabilidad de la criatura se
basa en
la soberanía de Dios. ¿Cuántas cosas están
registradas en la Escritura que eran
justas porque Dios las mandó, y que no lo hubieran sido si no
las hubiera
mandado?
¿Qué
derecho
tenía Adán de comer de los árboles del
jardín del Edén? ¡El permiso de su
Creador (Génesis 2:16), sin el cual hubiera sido un
ladrón! ¿Qué derecho tenía
el pueblo de Israel a demandar de los egipcios joyas y vestidos
(Éxodo 12:35)?
Ninguno, sólo que Jehová lo había autorizado
(Éxodo 3:22).
¿Qué
derecho tenía Israel a matar tantos corderos para el sacrificio?
Ninguno, pero Dios así lo mandó. ¿Qué
derecho tenía el pueblo de Israel a matar
a todos los cananeos? Ninguno, sino que Dios les habían mandado
hacerlo. ¿Qué
derecho tenía el marido a demandar sumisión por parte de
su esposa? Ninguno, si
Dios no lo hubiera establecido. ¿Qué derecho tuviera la
esposa de recibir amor,
atención y cuidados, ninguno, si Dios no lo hubiera establecido?
¿Podríamos
citar muchos más ejemplos para demostrar que la responsabilidad
humana se basa
en la Soberanía Divina?
He
aquí otro ejemplo del ejercicio de la absoluta soberanía
de Dios:
colocó a sus elegidos en un estado diferente al de Adán o
Israel. Los puso en
un estado incondicional. En un pacto eterno, Jesucristo fue hecho su
cabeza,
tomó sobre sí sus responsabilidades y actuó para
ellos con justicia perfecta,
irrevocable y eterna.
Cristo
fue colocado en un estado condicional, ya que fue “hecho
súbdito a la ley, para que redimiese
a los que estaban debajo de la ley” (Gálatas 4:4,5),
sólo que con esta
diferencia infinita: los hombres fracasaron, pero él no
fracasó ni podía
hacerlo. Y, ¿quién puso a Cristo en este estado
condicional? El Dios Trino. Fue
ordenado por la voluntad soberana, enviado por el amor soberano y su
obra le
fue asignada por la autoridad soberana.
El
mediador tuvo que cumplir ciertas condiciones. Había de ser
hecho en
semejanza de carne de pecado; había de magnificar y honrar la
ley; tenía que
llevar todos los pecados del pueblo de Dios en su propio cuerpo sobre
el
madero; tenía que hacer expiación completa por ellos;
tenía que sufrir la ira
de Dios, morir y ser sepultado.
Por
el cumplimiento de todas esas condiciones, le fue ofrecida una
recompensa: (Isaías 53:10-12). Había de ser el
primogénito de muchos hermanos;
había de tener un pueblo que participaría de su gloria.
Bendito sea su nombre
para siempre porque cumplió todas esas condiciones; y porque las
cumplió, el
Padre está comprometido en juramento solemne a preservar para
siempre y
bendecir por toda la eternidad a cada uno de aquellos por los cuales
hizo
mediación su Hijo Encarnado. Porque El tomó su lugar,
ellos ahora participan
del Suyo. Su justicia es la Suya, su posición delante de Dios es
la Suya, y su
vida es la Suya. No hay ni una sola condición que ellos tengan
que cumplir, ni
una sola responsabilidad con la que tengan que cargar para alcanzar la
gloria
eterna. “Porque con una sola ofrenda hizo
Perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).
He
aquí pues que la soberanía de Dios expuesta claramente
ante todos en
las distintas formas en que él se ha relacionado con sus
criaturas. Algunos de
los ángeles, Adán e Israel fueron colocados en una
posición condicional en la
que la bendición dependía de su obediencia y fidelidad de
Dios. Pero, en
marcado contraste con estos, a la “manada
pequeña” (Lucas 12:32) le ha sido dada una posición
incondicional e
inmutable en el pacto de Dios, en sus consejos y en su Hijo; su
bendición
depende de lo que Cristo Hizo Por ellos.
“El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: conoce
el Señor a los
que son suyos” (2Timoteo 2:19).
El
fundamento sobre el cual descansan los elegidos de Dios es perfecto:
nada puede serle añadido, ni nada puede serle quitado
(Eclesiastés 3:14). He
aquí, pues, el más alto y grande exponente de la absoluta
soberanía de Dios. En
verdad, El “del que quiere tiene
misericordia; y al que quiere endurece” (Romanos 9:18).