La doctrina tocante a
Dios harmoniza con los afectos del corazón pío, y tiende
en apreciarlos. La naturaleza moral de aquellos quienes no aman a Dios,
demuestra Su existencia y la obligación de ellos de amarlo, y
consecuentemente, la naturaleza de ellos esta de guerra con sí
mismo. Hay un conflicto interior, entre la consciencia y los
afectos corruptos. El principio moral esta en el corazón
irrenovado, infestado con pasiones impías; y no puede ser
desarollado debidamente, hasta que los afectos sean santificados.
Cuando, por este cambio, la harmonía ha sido producido en el
hombre interior, todo lo que esta dentro se harmonizará con la
doctrina tocante a Dios. La mente, en su acción saludable
y propia, alegremente recibirá la doctrina, y halla en
Dios el objecto de su amor más sublime. El hombre pió se
regocija que Dios existe, y que Su atributos son lo que la naturelaza y
la revelación reclaman que son.
"¿A quién tengo yo en los
cielos? Y fuera de ti nada deseo en la tierra" (Salmo 73:25).
La doctrina tocante a Dios no solo se harmoniza con
la piedad interior, pero se tiende en apreciarla. Si el amor a Dios
existe cuando es conocido parcialmente, se aumentará
según nuestro conocimiento de Él se aumenta. Según
el hombre pío estudia el carácter de Dios, la belleza y
la gloria de ese carácter es abierta a su vista, y su
corazón es atraído á él con más
afecto intenso. Con tales vistas encantadoras del alma el Salmista ha
sido favorecido, cuando exclamó,
"Dios, Dios mío eres tú:
levantaréme á ti de mañana: Mi alma tiene sed de
ti, mi carne te desea, En tierra de sequedad y transida sin aguas; Para
ver tu fortaleza y tu gloria, Así como te he mirado en el
santuario" (Salmo 63:1,2).
El amor de Dios, el cual es aumentado por un
conocimiento verdadero de Él, no es un mero sentimiento de
gratitud por las bendiciones recibidas. Muchas personas hablan de la
bondad de Dios, y profesan de amarlo, quienes no tienen placer
contemplando de Su santidad y justicia, y para quienes son atributos
desagradables. Cuando tales personas se paren delante de Él en
el último juicio, hay razón de temer que ellos lo
hallarán de ser un diferente Dios del que ellos amaban y
alababan en la tierra. El amor al Dios verdadero es amor al Dios de
santidad y justicia, el Dios en quien toda perfección moral es
unido; y si nuestro amor es de esta clase, nos deleitaremos en mirar
las glorias del carácter Divino, y, aparte de todas perspectivas
de los beneficios recibidos de Él, seremos enamorados de Su
belleza esencial.
El amor á Dios que es aumentado por un
concimiento verdadero de Él, es penetrado con una reverencia de
una sentir profundo de Su carácter. La levedad familiar con la
cual en veces Él es aproximado y es dirigido, de ninguna manera
conviene con las exhibiciones temibles de sí mismo que Él
ha hecho en Sus obras y en Su Palabra. Aquellos quienes, mientras
profesan de amarlo, no tienen un sentido solemne de Su grandeza
infinita y santidad, todavía tienen que aprender el temor de
Dios, el cual es el principio de la sabiduría. El conocimiento
verdadero de Dios rectificará esta impiedad en el corazón.
El amor verdadero de Dios es acompañando con
humildad. Cuando estamos absorbidos en la contemplación de la
mente humana, podemos ser bien llenos con la admiración de sus
poderes y capacidades. Pero poco tiempo hace, se levantó
á la existencia, desde las tinieblas de nada, una chispa
vacilante tan debilmente, que solo un ojo omnisciente puede percibir su
luz. En el corto periódo que ha intervenido, se ha aumentado
gradualmente en esplendor, y probablemente ha asombrado el mundo con su
brillantez. Lo que era antes un rayo más débil, ha venido
a ser un Newton, un Locke, un Howard, o un Napoleón. Y cuando
concebimos de esta mente inmortal, en continuando de extender sus
poderes por un futuro sin límites, estamos listos para formar un
alto estima de la grandeza humana. Pero cuando recordamos que el
hombre, sea lo que sea, y sea de los que es capaz, es una criatura
formada por la mano de Dios, y dotado por Él con todas estas
facultades nobles; cuando consideramos que, con todas sus
adelantamientos por las edades eternas, él será para
siempre como nada, comparado con la infinidad de Dios; y cuando vemos
hacia atrás á la eternidad pasada, y contemplamos a Dios
como existiendo con toda esta inmensidad de perfección, edades
de edades antes que nuestra existencia débil comenzara; bien
pudieramos voltearnos de toda admiración de la grandeza humana,
y exclamar,
"¿Qué es
el hombre, para que tengas de él memoria" (Salmo 8:4)?
Pero el incentivo más fuerte para la humildad
es hallado en contrastar nuestra depravidad con la santidad de Dios.
Aunque tan noble sea el intelecto humano, es arruinado por su
apostasía de Dios. Cada hijo depravado de Adán , quien ha
estudiado los atributos de Dios, y ha llegado á algún
conocimiento de Su santidad inmaculada, podrá muy bien exclamar,
en humildad profunda,
"Ay de
mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y
habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis
ojos al Rey, Jehová de los ejércitos" (Isaías
6:5).
El conocimiento verdadero de Dios da confianza en
Él. En vista de Su verdad, aprendemos en poner una confianza
constante en las manifestaciones de sí mismo que Él ha
hecho, y las promesas que Él ha dado, para el fundamento de
nuestra esperanza. Hay tiempos cuando el buen hombre pierde su goce
sensible del favor divino, y cuando la espada de la justicia se aparece
puntada á su pecho; pero aún entonces, con el
conocimiento verdadero y el amor de Dios en su corazón, puede
decir;
"He aquí, aunque me
matare, en él esperaré" (Job 13:15).
La doctrina tocante á Dios que la Biblia
enseña, confirma su demanda de ser considerada cono la palabra
de Dios.
Esta doctrina, como hemos visto, es
precisamente adaptada a la naturaleza moral, y hacer salir a los
principios religiosos y morales con las cuales su Creador lo ha dotado,
a su más noble y mejor ejercicio. Si visto aparte de su
relación a Dios, el hombre, la criatura tan maravillasomente
dotado, es una enigma en el universo; pero la doctrina tocante a Dios
resuelve el misterio. La tendencia de esta doctrina en ejecutar una
influencia santificadora, al mismo origin de toda acción y
sentimiento humano, demuestra que viene de Dios. Aquel quien
experiencia su poder santificador en su corazón, tiene una
prueba de su verdad que nada mas puede dar. Estamos principalmente
adeuados a la Biblia por esta doctrina. Aquí Dios, quien se ha
exhibido ofuscadamente en Sus obras, se aparece en una
comunicación directa, y como el sol en los cielos, se hace a
sí mismo visible por Su propia luz. Si el principio religioso
dentro de nosotros actuara como debe, la doctrina de la Biblia
sería tan precisamente adaptada á nosotros como la luz
del sol es á nuestros ojos; y debemos tener tan una
convicción entera que el Dios de la Biblia existe, como la que
tenemos que el sol existe, cuando lo vemos resplandecer con toda Su
esplendor en los medios de los cielos.
La prueba de que la Biblia es la palabra de Dios, se
acumulará al hacer progreso en nuestra investigación de
la verdad religiosa. Hemos avanzado un paso, por nuestras inquiraciones
de la existencia y de los atributos de Dios; y la gloria de la doctrina
Bíblica tocante á Dios, ha resplandecido en nuestra
vereda con una brillantez deslumbrador. Vamos a continuar en proseguir
nuestros estudios, guiados por este santo libro; y si abrimos nuestros
corazones al poder santifiador de su verdad, tendremos una prueba
aumentadora, en su influencia sobre nuestras almas, que viene del Dios
de santidad.
CONTINÚE AL LIBRO TERCIO
La Doctrina Tocante Á La Voluntad Y Las Obras De Dios
INTRODUCCIÓN